Cuando miras las cifras de cerca, es fácil que la mente se escape a números abstractos: “30.000… 40.000… cientos… de mueres asesinadas en lo que va de alño”. Pero cada una de esas cifras son chicas a las que han golpeado, insultado o amenazado tantas veces que ya no recuerdan que tenían derecho a sentirse seguras. Mujeres a las que se les rompió la confianza tantas veces que acabaron creyendo que lo que les pasa no es tan grave. Niños y niñas que escuchan gritos en silencio desde la habitación de al lado, pensando que eso es “parte de la vida”. Esas cifras no son datos: son vidas que duelen, historias que no desaparecen con un título bonito ni con un comunicado institucional.
Este año, se sigue produciendo violencia de género en cada provincia de España. En el sistema de seguimiento de casos VioGén hay más de 100.000 casos activos, con miles de mujeres identificadas como en riesgo medio o alto, muchas con menores a cargo que también están expuestas a esa violencia.
Duele leer eso. Y duele más saber que aún hay quienes piensan que este problema está “casi resuelto” o que con campañas bonitas en redes sociales ya todo mejora.
La dimensión real de la violencia contra las mujeres
Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género revelan una realidad que debería hacernos reaccionar: desde 2003 hasta hoy, más de 1.340 mujeres han muerto asesinadas por violencia de género. Solo este año, 45 mujeres han perdido la vida a manos de su pareja o expareja, y 3 menores también han sido asesinados en este contexto.
Eso significa que cada número es una vida que se fue, una voz que ya no podrá contar su historia, una familia hecha pedazos. Y, además, miles de casos quedan fuera de las estadísticas oficiales porque nunca se denuncian, porque la violencia empieza silenciosa y solo se ve cuando es demasiado tarde.
Y mientras leemos estos datos, hay comunidades autónomas donde el problema no cede. En algunas regiones, como Andalucía, Comunidad Valenciana y Madrid, los casos activos de violencia de género están entre los más altos del país.
Solo una pequeña parte de los casos acaban con una orden de protección o en una sentencia firme
Muchas mujeres no denuncian porque tienen miedo. Miedo a que el agresor reaccione con más violencia. Miedo a no ser creídas. Miedo a quedarse solas, sin apoyo, sin recursos. A ese miedo se suma la vergüenza y una culpa injusta que muchas cargan como si lo que les ocurre fuera responsabilidad suya.
Denunciar es exponerse, revivir lo vivido y confiar en que el sistema funcione. Y cuando esa confianza no existe, el silencio parece, equivocadamente, la opción más segura.
Pero no solo callan las víctimas. También callan quienes están alrededor. Amigos, familiares o vecinos que ven señales claras y deciden no intervenir por miedo a equivocarse o a que el problema les afecte. Como si mirar hacia otro lado pudiera hacer que la violencia desaparezca.
Ese silencio compartido muestra algo muy grave: una falla profunda en cómo respondemos como sociedad. Mientras el miedo y la indiferencia pesen más que la protección y el apoyo, muchas mujeres seguirán sufriendo en soledad.
Qué significa estar en riesgo real
No se trata de una sensación: el sistema VioGén clasifica a mujeres según el riesgo que enfrentan. Hay miles en riesgo medio o alto, y muchos casos involucran a menores que están viviendo esa violencia en sus propias casas, sin poder escapar.
Es imposible ignorar lo que esto significa. Porque cuando una mujer está en riesgo real, su vida está en peligro. No es una frase hecha. La realidad es que las estadísticas no mienten: las mujeres sin medidas de protección adecuadas enfrentan índices de violencia mucho más altos.
Cómo actúa el Estado y por qué no es suficiente
España tiene mecanismos institucionales para enfrentar la violencia de género: sistemas de vigilancia, medidas de protección, protocolos específicos con fuerzas de seguridad y juzgados especializados. Pero los mecanismos no bastan si no funcionan con la rapidez y contundencia necesarias.
Muchas denuncias terminan sin una orden de protección o con medidas que no se aplican con la celeridad que la situación exige. Las víctimas perciben esa lentitud, y eso también las disuade de denunciar la próxima vez. No es raro que el proceso judicial dure años, dejando a la persona vulnerable sin respaldo real.
Además, hay brechas en el sistema que no se han resuelto: zonas rurales con recursos escasos, servicios de apoyo sobrecargados, falta de personal especializado en juzgados, entre otros problemas que sufren las propias víctimas cuando buscan ayuda.
Cómo afecta esto a toda la sociedad
Esto te afecta aunque no lo vivas de cerca, porque la violencia de género no sucede en un espacio aislado: tiene un impacto profundo en nuestra comunidad. Cuando una mujer es maltratada, su familia, sus hijos, sus colegas, su círculo social entero también se resienten.
Además, hay estudios que muestran que una proporción significativa de mujeres han sufrido violencia a lo largo de su vida. Incluso datos recientes sugieren que una de cada tres mujeres en España ha sufrido violencia machista alguna vez.
Esto significa que casi una tercera parte de las mujeres que conoces, que caminan por las calles contigo, que estudian o trabajan con nosotros… están siendo maltratadas o lo han sido alguna vez. Y decir eso es decir MUCHO.
Cuando parece que hablar no basta
Es común que muchas mujeres eviten contar lo que les pasa por miedo a no ser comprendidas, a ser juzgadas o a que “nadie haga nada”. Y es igual de común que quienes ven señales de violencia y no dicen nada lo hagan por temor a equivocarse o a verse envueltos en una situación que no saben cómo manejar.
Pero lo que está en juego no es una discusión académica: son vidas humanas.
Orientación legal para protegerte si estás en peligro
Cuando una persona enfrenta violencia de género, actuar informados puede salvar su vida. En situaciones así, contar con orientación profesional no es un detalle menor: puede marcar la diferencia entre estar expuesta o empezar a estar protegida.
Los abogados especialistas en violencia de género, Pérez Caballero, aconsejan siempre actuar con rapidez y con cabeza. Insisten en la importancia de documentar lo que ocurre desde el primer momento: mensajes, llamadas, audios, fotografías, partes médicos o cualquier registro de incidentes. Aunque en el momento pueda parecer secundario, esa información resulta clave para reforzar una denuncia y para que las autoridades comprendan la gravedad real de la situación.
También señalan que, cuando se da el paso de denunciar, es fundamental solicitar una orden de protección de inmediato y mantener informadas a las fuerzas de seguridad y al juzgado especializado. No hacerlo puede dejar a la víctima en una situación de mayor vulnerabilidad durante el proceso.
Por último, recuerdan algo esencial: si hay peligro inmediato, la prioridad absoluta es la seguridad física. Llamar a emergencias y ponerse a salvo no es exagerar, es proteger la vida. Los trámites legales pueden esperar; la integridad personal, no.
Si ves violencia, tu voz importa
Pensar que no es asunto tuyo o que intervenir puede empeorar las cosas es comprensible, pero callar también tiene consecuencias. Cada vez que nadie dice nada, la persona que sufre se queda más sola y el agresor se siente más fuerte.
No hace falta ser un héroe ni enfrentarse directamente al agresor: actuar también es escuchar con atención, creer sin cuestionar y mostrar apoyo sin imponer decisiones. A veces, una sola persona que diga “estoy aquí” puede romper un aislamiento que llevaba años creciendo. Ese gesto puede marcar un antes y un después.
También puedes ayudar informando sobre recursos de ayuda, ofreciendo acompañamiento o avisando a los servicios correspondientes si la situación es grave. No es traicionar a nadie, es proteger. La violencia no es un problema privado, es una responsabilidad colectiva.
Si sospechas, actúa. Si ves señales, no las minimices. Si alguien te pide ayuda, no la ignores. Puede que no veas el resultado inmediato, pero tu acción puede ser el primer paso para salvar una vida. Y eso, por sí solo, ya lo cambia todo.
Lo que necesitamos cambiar como sociedad
Estamos cerca de 2026 y, aun así, muchas mujeres siguen perdiendo la vida por violencia de género. La manera en que respondemos a esto —como instituciones, como vecinos, como amigos, como familiares— define si estas cifras siguen siendo una sombra constante o si realmente estamos moviendo las agujas hacia un cambio verdadero.
No es suficiente publicar datos o hacer campañas de sensibilización que suenan bien en abstracto. La acción real implica recursos, protocolos que funcionen rápidamente, formación de jueces y policías, y una reacción social que no minimice lo que está ocurriendo.
Porque la violencia de género no es un fenómeno marginal: tiene raíces en estructuras de poder y desigualdad que persisten. Y si no los enfrentamos con firmeza, las cifras seguirán siendo tan dolorosas como hoy.
Nuestra responsabilidad colectiva no es solo hablar, sino actuar con claridad, empatía y compromiso.