Iluminación con velas.

Iluminación con velas.

Vivimos en la era de las bombillas led y, sin embargo, sigue habiendo velas en cada casa. Asociamos una velada romántica con una cena celebrada a la luz de las velas. Cuando festejamos un cumpleaños adornamos una tarta con tantas velas como años tiene el homenajeado. Velamos a nuestros difuntos. De una u otra manera, estos rituales se extienden por todo el mundo. Las velas están integradas en la cultura de la humanidad.

Varios siglos antes de Cristo, las culturas nórdicas celebraban a la luz del fuego el solsticio de invierno, que se produce la noche del 21 al 22 de diciembre. Representaba el triunfo de la luz sobre la oscuridad. No hay que olvidar que el invierno en el norte del globo terráqueo se caracteriza por una disminución de la luz solar. El cristianismo, desde un principio, integro las velas en las fiestas navideñas. Ya se empleaba esta forma de iluminación en la antigua Roma. La navidad está asociada a la noche, noche buena y noche vieja. Las reuniones de las familias y de los cristianos necesitaban iluminación. En la actualidad seguimos empleando las velas para decorar nuestra casa en navidad, incluso le hemos asignado un sentido al color de cada vela.

Los velatorios aparecen en la Europa de la edad media. Se velaba a los difuntos durante tres días y tres noches, postrados sobre su cama. Rodeados de cirios y velas. El ritual permitía que familiares y amigos pasaran a despedirse de él, pero sobre todo era un medio para estar preparados por si regresaba con vida, algo que podría suceder en cualquier momento.

En aquella época en Europa estaba muy extendido el uso del estaño para fabricar vasos y platos. Un metal que se desgastaba poco a poco, provocando casos de envenenamiento por intoxicación que derivaban en catalepsia. Este tipo de intoxicación se dio frecuentemente en Irlanda hasta hace dos siglos. Los barriles de madera para fabricar cerveza estaban cerrados con barras de plomo que iban dejando residuos dentro de la bebida.

Antiguamente, en Chile, a los niños que fallecían se les vestían con su ropa habitual y se les sentaba en una silla al lado de una mesa. Durante días y noches la familia cantaba y bailaba en un salón iluminado por velas. La desnutrición infantil provocaba una alta mortalidad, pero también casos de catalepsia, en las que los niños terminaban por recuperarse.

Heredada de esta tradición, en la actualidad, montamos altares con velas para honrar a los muertos hasta en la distancia.

Las velas en otras culturas.

En el mausoleo del emperador chino Qin Shi Huang, fallecido en el año 210 antes de Cristo, redescubierto en 1990, a pocos kilómetros de Xiam, había velas hechas con grasa de ballena. En varias tumbas de faraones egipcios se han encontrado antorchas recubiertas de sebo, el precedente de la vela. En ambos casos, aparte de la explicación teológica que se le dé, a los emperadores se les enterraba rodeados de joyas y objetos de valor. Mantener iluminado el sepulcro era un elemento disuasorio para los ladrones, que pensaban que había guardianes protegiendo el lugar.

En Tailandia cada mes de julio se celebra el Festival de las velas, coincide con el día de la pascua budista. Los fieles colocan frente a los santuarios velas, incienso, flores, comida y bebida, en señal de respeto. Cuenta la leyenda que una multitud de monjes acudieron en peregrinación a orar en un santuario. En su camino pisotearon los campos de arroz, arruinando la cosecha de los campesinos. Entonces Buda indicó a los monjes que permanecerían confinados en sus templos durante tres meses, al comenzar la estación de las lluvias. Momento en el que los campos se inundan y nace el arroz. En la antigüedad no había electricidad. Las velas tenían un significado simbólico, pero también era la forma de iluminar los templos en el día a día.

En la costa occidental de África, los rituales religiosos empezaban por el día y se prolongaban durante la noche. Al caer el sol, junto al altar levantado al dios que se adoraba, se encendía una fogata. Al otro lado del fuego se realizaba el culto. Con la llegada de los primeros comerciantes portugueses a la zona en el siglo XV llegaron las velas. Poco a poco las velas y las lamparillas de aceite fueron sustituyendo a las fogatas en las ceremonias religiosas.

Los africanos subsaharianos llevados a América como esclavos portaban consigo su cultura y religión, a la que introdujeron elementos del cristianismo. Sus ritos tachados de herejes y de brujería se celebraban por las noches de forma clandestina, Alumbrados por velas, que eran más discretas que las hogueras.

La evolución de las velas.

Las velas surgieron casi al unísono en la antigua Roma y en la China imperial. Con apenas 50 años de diferencia. Desde luego no eran como las que conocemos en la actualidad. Este invento ha sufrido una evolución a lo largo de la historia, como se señala en Curiosfera.

Las casas romanas se iluminaban con lámparas de aceite de oliva, mientras se empleaban velas de cebo para alumbrar los templos 500 años antes de Cristo. Las velas eran empleadas en las fiestas saturnianas. Unas celebraciones nocturnas realizadas en honor al dios Saturno que comenzaban con un banquete, proseguían con el intercambio de regalos y concluían en una especie de carnaval en el que se relajaban las normas sociales.

Las primeras velas en Roma se fabricaban con sebo, una mezcla de grasa vegetal y animal en la que se empleaba sobre todo grasa de cordero. Hacia el año 160 después de Cristo, el historiador romano Lucio Apuleyo habla de la utilización de velas de sebo y cera para la iluminación de los templos.

Las velas de sebo tenían dos problemas. El primero es que eran comestibles, en épocas de escasez los soldados arramblaban con ellas. El segundo es que tenían una escasa duración, cada media hora había que estirar la mecha, desprender la parte consumida y volver a prenderla.

Las velas se popularizan durante la edad media. En las ciudades surge un oficio encargado de fabricar velas y venderlas, los llamados “candelabros”. Estas velas se seguían produciendo con sebo (grasa de vaca y de oveja). Para iluminar un palacio con velas era necesario un regimiento de sirvientes encargados solo de esa tarea, aguantando el olor nauseabundo que estas desprendían.

Las primeras velas fabricadas íntegramente con cera de abeja se descubren en el Perú y en Alemania en los siglos VI y VII después de Cristo.

En el siglo XVIII se utiliza para la fabricación de velas el espermaceti, un aceite alojado en la cabeza de las ballenas y los cachalotes. Estas, al igual que las de cera, no desprenden olor al consumirse. Eran las más resistentes, ya que no se doblaban con el calor del verano.

1800 se descubre como material el aceite de colza. Una alternativa más barata que la grasa de ballena. Sus velas, también inodoras, producían una llama clara y libre de humo.

En el siglo XVII se empiezan a fabricar más asiduamente las velas de cera de abeja. Son las más apreciadas. Daban una luz brillante y la mecha se consumía al mismo tiempo que la cera, por lo que no necesitaba mantenimiento. El único problema era su alto coste. Era un producto de lujo solo al alcance de reyes y aristócratas. Hay que esperar a la mecanización de la producción a mediados del siglo XIX para que estas velas se conviertan en un producto de consumo masivo.

La invención y popularización de alumbrado eléctrico fue relegando poco a poco su consumo. De todos modos, Mas Roses, una empresa fabricante de velas artesanales, nos confirma que en la actualidad se siguen vendiendo, y que el reto del sector es ajustarse, en cuanto al diseño, a las exigencias del público.

Al alumbrado con velas le queda aún mucho tiempo entre nosotros.